domingo, 3 de marzo de 2013

EL SEISE


A esa muchacha, de piel de manzana,
que me dio dos pequeños futbolistas
a los que, a veces,
también les encanta
el Corpus y la Madrugada.


Aquella mañana de Corpus Miguel se levantó muy temprano, casi con el sol, con las primeras luces inclinadas del día y con el piar y el vuelo rasante de los vencejos cerca de su balcón. Su madre le ayudó a vestir el jubón rojo y el calzón blanco, tan hermosos, colocándose luego él solo ante el espejo su sombrero con plumas y, por último, las zapatillas con las que bailaría ante el mismísimo Dios en la procesión de aquella soleada mañana con olor a romero que de la sierra habían bajado para alfombrar las calles que pisaría el Santísimo Sacramento.
Miguel estudiaba sexto de Primaria en el colegio Portaceli y jugaba de medio en el equipo de fútbol sala del colegio, aunque hay que confesar que en aquella liga no iban nada bien.
Llegó cogido de laEL SEISE mano de su padre a la Santa Iglesia Catedral sobre las siete y cuarto de la mañana, y se arrodilló unos minutos ante la Virgen de la Antigua, a la que rendía una especial devoción, no sabía muy bien porqué.

- Señora, haz que todo salga bien. Yo sé que Tú lo quieres. Que no se me olvide ningún paso y yo me portaré bien el resto del año. No te lo pido por mí, sino por tu Hijo, que se lo merece todo, porque cuida de nosotros desde el Cielo. Muchas gracias, Señora.

Julia, la guapa señorita que enseñaba los bailes a los niños seises, ya estaba esperándolos desde las siete y media de la mañana a los pies de la custodia que el leonés Juan de Arfe realizara hacía ya tantos años.

- Juan, estate quieto; venga, Gabriel, ponte al lado de Rafael y cállate. Miguel, acércate. Bueno, lo único que quiero es que me oigáis. Ante todo, no os pongáis nerviosos, que no pasa nada. Tan sólo vais a procesionar delante de la Custodia Grande, como ya sabéis, la de Arfe, y en dos momentos del recorrido, que yo os indicaré, en la Plaza de San Francisco y en la del Salvador, bailaréis ante ella y al terminar el baile os volveréis y os inclinaréis ante la misma como tantas veces hemos ensayado. Sé que lo haréis muy bien, y vosotros también lo sabéis. ¿No es así, Miguel?.
- Sí señorita. Seguro que lo haremos bien.

Miguel era un guapo niño de once años de edad, rubio y alto como su madre, aunque algo travieso, pero lo de ser un seise le fascinaba. Estaba todo el día haciendo trastadas con los compañeros del cole, con los amigos del barrio, pero cuando dos días por semana desde el pasado mes de octubre iba a ensayar los bailes con la señorita Julia se transformaba en otro. Ni una travesura ni una palabrota durante la hora y media que duraban los ensayos. Su madre le decía que el arcángel de su mismo nombre, el guerrero de Dios, bajaba de los cielos y se colocaba a su lado para transformarle. Su padre, no tan creyente, decía que en el fútbol también se portaba estupendamente, así que ¿quién sabe?.
Pero Miguel andaba preocupado aquella mañana. Algo le pasaba por dentro, pero era un niño duro y no dijo nada. Sentía una especie de mareo dentro de su cabeza y con gusto se hubiera quedado en la cama, pero ¡tenía tantas ganas de bailar ante el Santísimo!.

- Quillo, ¿qué te pasa?.- le preguntó Rafa.
- Nada.
- Pues tienes una cara que no veas. Yo creo que estás acojonado.
- Anda ya.
- Bueno, vale. Oye, ¿te has fijado lo guapa que viene hoy la señorita Julia?.

Sí, Miguel se había fijado, y es que la señorita Julia era mucha señorita: alta, morena, delgada y de grandes ojos negros. Era guapa y simpática, y muy buena con los niños. A Miguel le gustaba su seño, y en Navidad le llevó un ramo de flores que comprara su madre. A Julia le gustó mucho y a Miguel le gustó que le gustara, porque le dio dos besos y un abrazo muy fuerte, y él sintió en su pecho los de la seño, y no eran como los de mamá, eran... igual pero de otra manera, más... él no sabía que más eran. A Miguel le gustó aquello y notó unas extrañas cosquillitas.

- Venga.- dijo la señorita Julia – Vamos a prepararnos que va a comenzar la procesión. Ya sabéis que la procesión del Corpus sale por la Puerta de San Miguel, la que da a la Avenida, a las ocho y media de la mañana, y que la entrada se hará por la Puerta de Palos a las doce, entre el repique de las campanas de la Giralda y antes del desfile militar. Iremos tranquilamente procesionando delante de esta custodia que está a mis espaldas, la que Juan de Arfe hiciera en el siglo XVI, hace ya cuatrocientos años, y cuando os lo indique ejecutaréis el baile que os sabéis tan bien. Recordad que sois las únicas personas de la Cristiandad que tenéis el privilegio de bailar cubiertos delante del Santísimo Sacramento, así que haceros dignos herederos de él. Sólo los seises sevillanos pueden hacerlo en todo el orbe católico por bula especial del Papa, quien resolvió así el dubio1 enviado a Roma por el cardenal y arzobispo de Sevilla don Jaime Palafox y Cardona, a quien no le gustaban nada los bailes de los seises en el altar mayor de la Catedral sevillana delante del Santísimo. De manera que los Canónigos de la Catedral, a quienes sí que les gustaba, y mucho, pidieron la mediación papal. El Papa dio su “plácet” y permitió vuestro baile ante el Santísimo en el Altar Mayor en el Corpus, la Inmaculada y en el Triduo de Carnaval, pero tan sólo el tiempo que duraran los trajes de los niños. Hecha la ley, hecha la trampa y así pues los Canónigos decidieron que un año se cambiaría una manga, otro una pernera, y así se ha seguido haciendo hasta hoy para no quebrar la voluntad papal, como creo que todos sabéis, ¿no es así?.

Un coro de angelicales voces infantiles respondió al unísono: “Sí, sí, sí...”, aunque quizás la veracidad de tan unánime respuesta estuviera por ver. Pero Miguel sí que conocía a la perfección tan bellas historias y bien que les encantaban. Juan de Arfe, el cardenal Palafox, la bula del Papa, la prohibición de arreglar los hermosos trajes de los seises que obligaba a repararlos una y otra vez desde hacía ya cuatrocientos años... Hasta sabía que la palabra seise venía de una deformación sevillana, con su particular seseo, de la original castellana “seize”, que significa dieciséis, ya que ése era el número de niños que bailaban en los primeros siglos del Corpus sevillano.
También sabía Miguel que mucho antes, allá por los siglos XVII y XVIII, salía en la procesión la Tarasca, una especie de sierpe contrahecha con siete cabezas como la Hidra clásica, la Hidra de Lerna. Sobre su lomo llevaba una especie de pequeña torre en la que estaba el tarasquillo, un bufón que llevaba un vestido multicolor y que tenía dos rostros, uno de anciano y otro de joven.
Pero el secreto mejor guardado que poseía Miguel sobre el Corpus hacía referencia a su más preciado tesoro, la Custodia Grande. Se lo contó no hacía mucho su padre, y a éste a su vez se lo dijo el suyo, el abuelo de Miguel. Resulta que Juan de Arfe se trajo a Sevilla, amén de sus utensilios de trabajo como gubias, espingardas, calibradores, grata, embutideras, trazadores, tas, limas, tornos, terrajas y acotillos, pues Juan de Arfe se trajo, como antes decía, un anillo de oricalco, una aleación de metales que tan sólo sabían fabricar los míticos atlantes. El anillo en cuestión tenía poderes maléficos, demoníacos, y se lo había entregado su padre, el orfebre vallisoletano Antonio de Arfe, y a éste a su vez su abuelo, el orfebre alemán Enrique, de la ciudad alemana de Harff, de donde tomaron su nombre castellanizando el topónimo. Cuando el Cabildo sevillano le hizo el encargo de construir una Custodia para la procesión del Corpus, Arfe vio el cielo abierto, porque pensó que fundiendo el ominoso oricalco con la plata que daría cuerpo a su Custodia la maldición del metal se eclipsaría con la Luz Todopoderosa del Cuerpo de Nuestro Señor, y así fue.
Miguel se sabía depositario de un gran secreto que le hacía ser un seise especial, un seise de primera, como quisiera que fuese su Sevilla de su alma, de primera, y no que estaba en la división que no correspondía a la categoría del equipo de Arza y Campanal.
Miguel era un seise orgulloso de serlo y daba testimonio de su fe en las octavas del Corpus y de la Inmaculada y en el triduo de Carnaval bailando ante el Santísimo en el Altar Mayor de la Catedral de Sevilla, la tercera de la Cristiandad por sus dimensiones.
“Este es el sacramento de nuestra fe”, decía el sacerdote levantando la hostia recién consagrada, y éso pensaba también Miguel, vestido de celeste en el, a veces, frío diciembre sevillano, y de rojo cuando llegaban los calores del Corpus.
A Miguel no le resultaba pesado ir de su casa a la Catedral los días de ensayo, ya que vivía en la cercana Mateos Gago. Desde el balcón de su cuarto veía todos los días la Giralda, esa torre de los vientos que construyeron los árabes y remataron los cristianos imitando a Vitruvio. “Turris (E) Fortissima (N) Nomen oni (O) Proverb.18 (S)” podía leerse en el cuerpo con que la coronara Hernán Ruiz en pleno Renacimiento. Inspirado en el Proverbio 18, 10 que dice: “Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo y será levantado”, la Giralda era como un faro de la fe levantado hacia el dulce cielo de Sevilla, la primera ciudad que adoptó como propio el dogma de la Inmaculada Concepción de María. Hija del Renacimiento era esa torre fortísima que se veía desde toda la campiña sevillana, e hijos del Renacimiento eran también los niños seises, así como sus bailes y sus canciones, que interpreta la escolanía de la Catedral.
Sevilla ciudad barroca, sin duda, pero también renacentista, romana, neoclásica, árabe, romántica y tantas cosas más. Miguel era un seise orgulloso de serlo, como hemos dicho ya, y orgulloso también de la múltiple herencia cultural de su ciudad. Con once años, rubio y alto como un trigal antes de la siega; alumno de Portaceli y vecino de Mateos Gago, le hacía mucha gracia que el celeste de su traje de seise fuese el mismo color con el que jugaba de medio a futbito en el colegio. 6 a 0 perdieron en casa el pasado sábado frente al San Francisco de Paula. Vaya liga que llevaban este año, pero él no se atrevía a pedirle por el equipo al Señor ante el que bailaba. Le parecía poco serio, y además que aquella mañana no se sentía muy bien.

- Miguel, ¿te pasa algo?.- le preguntó la señorita Julia.
- Es que estoy como mareado, pero no me pasa nada. Ya se me quitará.
- Bueno, ya sabes que yo estaré todo el tiempo a tu lado, así que si te encuentras mal me lo dices para llamar a tus padres y que te lleven a casa.
- No, por favor, que estoy bien, de verdad.
- Así me gusta, valiente.- y la señorita Julia le dio un beso de los de cinco a la docena.

Por la Puerta de San Miguel habían salido ya todos los pasos del larguísimo cortejo del Corpus. Tan sólo quedaba la Custodia Grande. Los hombres que manejaban el dispositivo mecánico que hacía andar a la soberbia Custodia de Juan de Arfe la estaban conduciendo ya a su salida. Miguel miró su reloj y vio que era poco más de las nueve de la mañana. La señorita Julia comenzó a preparar a los niños para su salida procesional, y para calmar los nervios empezó a hablarles del complejo y largo cortejo que lleva el Corpus de Sevilla.

- Ya sabéis que los niños carráncanos, con sus extrañas vestimentas, “arrancan” la procesión, y de ahí su nombre. Le siguen las representaciones de las Hermandades de Gloria por orden de antigüedad, viniendo luego el paso de las Santas Patronas. A continuación le toca el turno a las Hermandades de Penitencia no Sacramentales y al paso de San Isidoro. Después llegan las representaciones del Apostolado de la Oración, Congregación de Luz y Vela y Adoración Nocturna. Otro paso, el de San Leandro, y después las Hermandades Sacramentales. Llega luego el paso del santo rey San Fernando y representantes de diversas instituciones civiles. Por fin, la Inmaculada, y luego la Archicofradía Sacramental del Sagrario con el paso de su propiedad, el del Niño Jesús del Sagrario, talla del gran Martínez Montañés.
- Jo, macho.- le dijo bajito Rafa a Miguel – Vaya rollo que nos está largando.

Pero Miguel sólo tenía oídos para las palabras de la señorita Julia, que hoy estaba para comérsela cruda, guapa como un clavel reventón, y con un vestido largo de gala que ya, ya; y es que a Miguel le gustaba mucho la señorita Julia.

- Ahora toca el turno a los representantes de las instituciones religiosas, delante de la Custodia Chica, obra de Francisco de Alfaro, del siglo XVII. Tras esta Custodia, y después de representantes de instituciones tan relevantes como el Tribunal Eclesiástico o la Real Maestranza de Caballería y el Cabildo Catedralicio venís vosotros, los seises, vestidos de rojo como manda la tradición no escrita de esta ciudad, y por último, la maravilla de las maravillas, esa gran Custodia que tenéis a vuestras espaldas y que labrara el mejor orfebre que ha habido jamás en este país y que se llamaba Juan de Arfe, entre 1580 y 1587, por encargo expreso del Cabildo de esta Santa Catedral. La Custodia Grande, como también es conocida, tiene cuatro cuerpos: el primero es toda una lección de teología; el segundo lleva los símbolos de la Pasión de Nuestro Señor; el tercer cuerpo contiene el Cordero del Apocalipsis y el cuarto y último es un pequeño templete con doce columnas compuestas situadas por parejas que contiene la Santísima Trinidad sobre un arco iris y es rematado por una estatua de la Fe. Cualquier museo europeo, americano, canadiense o japonés daría cientos de miles de dólares por poseer esta joya, y los sevillanos la usamos para poner dentro de ella el cuerpo de Jesús y pasearlo por el centro de Sevilla entre olor a juncia y romero. Y vosotros vais a bailarles como lo que sois, como ángeles. ¿O no es así, mis niños?.
- Sí, señorita.- y lanzaron su grito de guerra – “É, ó, é, mucho seise, oé”

Llegaron al dintel de la Puerta de San Miguel y pudieron ver la multitud que los esperaba en la Avenida. Un fuerte olor a romero los invadió y salieron de la Catedral. Miguel se sentía orgulloso de él y de Sevilla. Como buen sevillano que era, se sentía tan amante de su ciudad que pensaba que no había en todo el mundo otra igual a ella. Y en ese momento salió la Custodia Grande, la de Juan de Arfe, ese auto sacramental andante, con sus cuatro cuerpos, todo él elaborado en plata pura, en una labor más de magia que de orfebrería y de la que dice la antigua conseja que lleva en su interior un trozo de plata alquímica elaborada en la Atlántida y que se trajo Arfe de su tierra para quitarle su maléfico poder ante la presencia sagrada de la Sagrada Forma, como bien conocía Miguel por boca de su padre. Con el cielo azul que se había puesto Sevilla de sombrero aquella luminosa mañana y con el vuelo de los vencejos, aviones y cernícalos de las colonias de la Catedral, las campanas de la Giralda estallaron de alegría y la torre fortísima pregonó a los cuatro vientos que Dios estaba en la calle en una soleada mañana de jueves como debía ser. Sevilla no había trasladado el Corpus al domingo, sino que seguía pensando que había tres jueves al año que relucían más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión, y había hacho del Corpus y del día de la Virgen de los Reyes sus fiestas más íntimas, más auténticas, las de los sevillanos de verdad, en esas dos calurosas mañanas de verano en los que las madres sevillanas se colocaban muy de temprano sus vestidos de estreno, y ponían su ropa de domingo a los niños para que, sentados en la Avenida, en Sierpes, en el Salvador o en las estrechas calles de Francos o Placentines, vieran desfilar delante de ellos ese cortejo interminable que es la procesión del Corpus de Sevilla.
Aquel año de extraño número, 2000, cayó el Corpus muy avanzado ya el mes de Junio, pero el Señor puso su mano sobre la ciudad que alabó a su Madre antes que ninguna otra y la regaló con una deliciosa mañana de primavera, de tal manera que Miguel y sus compañeros pudieron bailar sin excesivos calores. Fue una de esas mañanas mágicas de Sevilla en las que el azul del cielo parece de frío noviembre y la caricia del aire de dulce mayo. Miguel se fue fijando en todos los altares que habían colocado a lo largo de todo el recorrido procesional, así como en los balcones engalanados y en los escaparates que celebraban el sacramento de nuestra fe. Sobre todo le encantó el de la Virgen de la Hiniesta en la fachada plateresca del Ayuntamiento, colocada en lo alto de su paso blanco de gloria como una reina de los cielos. Aquella pequeña talla gótica, con su niño en brazos, le recordó una foto que su madre tenía enmarcada en el aparador llevándole a él en brazos cuando era un mocoso de seis meses de edad. A Miguel le encantaban las vírgenes con Niño; le parecían alegres, simpáticas y siempre que veía alguna le rezaba. Aquella tan especial mañana le pidió a la pequeña Virgen de la Hiniesta que por favor le quitara el malestar, que le iba en aumento.
Llegaron a Francos y alcanzaron Placentines. Ya quedaba poco. Dentro de nada estarían en la Plaza de la Virgen de los Reyes, y allí fue donde vio a sus padres. Mamá estaba guapísima y pudo ver como lloraba de emoción al ver a su niño vestido del mismo color del cielo que tenían sobre sus cabezas, caminando delante de Aquello que daba sentido a toda la procesión y a su fe. Al pasar frente a ellos, papá le hizo ese gesto tan suyo de levantar la mano derecha con el pulgar extendido hacia el cielo, y Miguel le respondió con una de esas sonrisas suyas que iluminaban a todo el que la veía; una sonrisa de ángel. Fue entonces cuando de nuevo estallaron las restauradas campanas de la Giralda, gritando a toda Sevilla: “Ya está Dios llegando a su Casa en lo alto de su trono de plata”, y la hermosísima Custodia de plata entró a la Catedral por la Puerta de Palos.
Serían las doce y media cuando sus padres lo recogieron en el interior de la Catedral, ya Miguel cambiado, vestido de nuevo de niño del Portaceli, de medio del equipo que perdió 6-0 el pasado sábado frente a San Francisco de Paula y, cómo no, mamá se lo comió a besos y papá le dijo “Muy bien, machote”, y también le besó, y la señorita Julia le besó, y en Casa Robles, donde estaban la abuela y los tíos, también le besaron, y Miguel llegó a pensar que el camarero que le puso la Coca-Cola también le besaría, pero aunque el Señor a veces aprieta, no ahoga y se detuvo, por fin, aquel empalagoso diluvio de besos.


*              *               *


Dicen que el alma de una ciudad se adivina mejor en la trastienda de la fiesta que en el transcurso de la misma, y cuando Miguel bajó a su calle – serían las seis y media de la tarde – y la vio vacía, calurosa, con los bares y tiendas cerrados, se encontró, sin saberlo, con el alma de su ciudad, con esa Sevilla auténtica que cierra sus puertas a cal y canto a lo foráneo, a lo que no es de ella, y que sólo se da a quien desea tomarla, pero nunca se entrega del todo sino a sus hijos.
Miguel intuyó todo aquello, aunque no podía expresarlo con palabras. Había bajado para acercarse a Abades a buscar a Enrique, su gran amigo del alma, aunque el pasado sábado le marcara tres de los seis goles que les había embutido, más que colado, San Francisco, y con todo el reglamento de su parte, aunque como era jueves ya se le había olvidado, pero en casa de Enrique no había nadie. Seguro que se habían ido a la playa; claro, como sus padres eran de Madrid. La misma suerte corrió con Carlos, en la calle Fabiola, y con Marcos, que vivía en la mismísima Plaza de la Virgen de los Reyes, enfrente de la Giralda. Pero bueno, como la abuela le había regalado un billete nuevecito de mil pesetas, se acercó dando un paseo a un puesto de prensa de la plaza de San Francisco que sí que estaba abierto, y se compró una revista de la Play Station que traía un disco con varias demos, y entonces fue cuando la vio de nuevo. Se acercó a Ella, con la revista en sus manos, y la miró.
- Señora.- preguntó a una mujer mayor que llevaba una medalla de la Hermandad en el pecho y estaba vendiendo estampas - ¿a qué hora se la llevan?.
- A las nueve, hijo. ¿Vas a venir a verla?.
- Sí, con mis padres. ¡Ah!, ¿sabe usted?. Yo soy un seise.
- No me digas, y con lo guapo y alto que eres seguro que daba gusto verte bailar. ¿Cómo te llamas?.
- Miguel, como la puerta por donde sale la procesión.
- Muy bien, hijo. Pues yo, María, como la que está en lo alto del paso blanco que estás mirando.

Y aquella señora mayor, con su vestido de domingo, sacó del bolso una reluciente moneda de quinientas pesetas y se la dio.

- Toma, para que te lo gastes con tus hermanos.
- Muchas gracias, pero no tengo ningún hermano.
- Bueno, pues con tus amigos.
- ¡Ah!, vale, pero tendrá que ser mañana, porque he ido a buscarlos y como ninguno de sus padres son de Sevilla no comprenEL SEISEden nuestras cosas y se han ido a la playa. Dicen que la Semana Santa y el Corpus son para los santurrones.
- Pues mejor, porque así estamos más anchos.
- Eso digo yo; que ellos se lo pierden.

La señora pensó que Miguel era un niño muy redicho, pero la verdad es que a ella le gustaban los niños redichos y le acarició sus rubios cabellos.

- Ten esta estampa de la Hiniesta, de la retama bendita del barrio de San Julián.
- Jolín, que guapa es. Pero ésta no es la que está en el paso.
- No, ésta es la que sale el Domingo de Ramos, la Dolorosa, y la pequeña que está en el paso es la Hiniesta Gloriosa.
- Pues me gustan mucho las dos. Señora, voy a mi casa a buscar a mis padres para verla andando. Muchas gracias por los regalos.
- De nada, hijo, de nada.

Miguel cortó por Hernando Colón para llegar antes a su casa. Su padre estaba ya arreglado para salir y su madre se estaba pintando.

- ¿Qué, Miguel?. ¿Cómo llevas el día de hoy?.
- Bien, pero tengo un poco como de fatiga, no sé porqué.
- Algo te habrá sentado mal. Oye, ¿y esa estampa?. Anda, pero si es la Hiniesta.
- Me la ha dado una señora muy simpática en el Ayuntamiento y le he dicho que vamos a ir a verla.
- Hombre, quién lo duda. Por supuesto que iremos a ver a la Retama Bendita del barrio de San Julián.
- ¿Porqué la llamas así, papá?. La señora también lo hizo.
- Porque hiniesta es lo mismo que retama, ese arbusto que crece en los campos y huele tan bien, y la Virgen de la Hiniesta recibió ese nombre porque la encontraron en un retamal, pero a la pequeñita, no a esta guapetona que te ha dado esa mujer y que es la Dolorosa que sale el Domingo de Ramos detrás del Cristo de la Buena Muerte.
- Venga, ya estoy lista. ¿Os gusto?.

La verdad es que la madre de Miguel era muy guapa y, además, sabía arreglarse.

- Miguel, ¿qué te pasa?. Tienes mala cara.
- No es nada, mamá. Algo que me habrá sentado mal. ¿Nos vamos ya?.

Bajaron a la calle y fueron paseando hasta la Plaza de San Francisco donde ya se estaban preparando los costaleros para llevarse a su Virgen en su blanco paso de gloria.
La tarde del Corpus es testigo de los regresos a sus templos de alguno de los altares que se preparan para la procesión matutina, y es también antesala del domingo siguiente a ella, en que Triana y la Magdalena muestran las distintas caras con que Sevilla le reza al Señor. Miguel y sus padres se colocaron a los pies de la rampa por la que el capataz haría descender, como si bajara de los cielos, a la pequeña talla gótica que apadrina al Ayuntamiento sevillano. Pero Miguel se encontraba mal de verdad y notó como una punzada dentro de él. ¡Que coraje!, porque el sábado tenía que jugar otra vez contra San Francisco y quería ganarle como fuera, por el honor de su equipo.
De repente sintió un fortísimo dolor en el pecho y cayó fulminado al suelo, blanco como la cera y llevándose la mano derecha al corazón para que no se le escapara.

- Miguel, Dios mío, ¿qué te pasa?. Miguel, por favor, háblame.- gritó su madre.
- Señora, apártese. No se preocupe, que soy médico.- dijo un hombre tendiendo a Miguel en el suelo. Le tomó el pulso y le cambió el rostro.- Llamen al 061 y llévense a la madre, y llamen ya. Este niño está muy mal.

En la plaza se formó el lógico revuelo.

- ¿Qué ha pasado?.
- Por lo visto un niño se ha puesto muy malito.
- Pobrecito, ¿han llamado a un médico?.

La madre de Miguel se había abrazado a su marido que intentaba tranquilizarla sin conseguirlo. El médico aplicaba a Miguel técnicas de resucitación que el padre conocía de oídas y se temió lo peor.
La procesión se había detenido y la plaza era un hervidero de rumores. Fue entonces cuando apareció por la Avenida la ambulancia y bajaron de ella los sanitarios.

- Este niño está fibrilando y no reacciona a la reanimación básica.- informó el médico que asistía al niño. Miguel estaba tendido en el suelo, inmóvil y pálido como un cadáver.

- No, por favor. Mi niño no, a mi niño no, Dios mío, por favor. Mi Miguel no

El padre de Miguel no podía articular palabra, sólo podía llorar en silencio y rezar en voz baja. Los del 061 colocaron a Miguel en una camilla y le pusieron encima una manta térmica metalizada. Se fueron corriendo con todo su aparataje de luces y sirenas, pero era inútil, llevaban un cadáver que iría directo al tanatorio del Hospital General, donde lo vieron sus padres ya de madrugada, tendido en una sala de autopsias, alto, guapo y rubio como un ángel, que es lo que era ya en el cielo al que había subido derechito. A Miguel le había estallado el corazón, de grande que lo tenía, en una tarde de Corpus delante de la Retama Bendita del barrio de San Julián. Con sus doce años, subió derechito al cielo desde el centro de Sevilla a las puertas que custodiaba San Pedro.

- ¿Aquí se puede jugar a fútbol?.
- Claro, y también con barro.- le dijo San Pedro a Miguel al recibirlo – y leemos tebeos, y tenemos consolas con juegos en tres dimensiones y en miles de colores. Ya verás como te gusta. Mira, allí entre esas nubes blancas, a mano derecha según se entra al cielo, han abierto hoy mismo un campo de fútbol nuevo. Hoy está entrenando un equipo que lleva un santo nuestro.
- ¿Cómo se llama ese santo?.- preguntó Miguel sospechando algo.
- San Francisco, pero no el de Asís, ni tampoco el de Sales. Es San Francisco de Paula, y le he oído decir que tiene el mejor equipo de toda la gloria.
- Éso vamos a verlo.- y Miguel se fue volando con unas alitas que estaban empezando a salirle en la espalda hacia el campo de blancos cúmulos dispuesto a marcarle por lo menos cuatro a aquellos santurrones. Y San Pedro lo vio alejarse volando y sonrió.


* * *


Al domingo siguiente, el padre de Miguel se levantó muy temprano y se acercó al cuarto silente de su hijo. Una zapatilla de deporte asomaba debajo de su cama y la cogió con sus manos. Era la Joma verde favorita de Miguel, sucia, casi inservible ya. Se quedó un rato mirándola y luego, con sumo cuidado, la colocó sobre la cama. No pudo evitar el llorar ni ningún padre hubiera logrado el no hacerlo. Se afeitó lentamente, limpiando cuidadosamente la cuchilla al acabar. Estuvo tentado de llamar a su esposa, que se había quedado a dormir en casa de sus padres sedada fuertemente por prescripción médica, pero pensó que sería mejor no despertarla. Bajó a la calle, y callejeó sin rumbo. Al final acabó sentado en un mesón de la calle General Polavieja observando el vuelo bajo de los vencejos a esa temprana hora de la mañana. Tomó el primer café del día contemplando la puerta de los esponsales de esa cuevita barroca que Sevilla llama Capillita de San José. Encima de dicha puerta, un bajorrelieve representa a María y José celebrando su casamiento ante un sacerdote judío mientras una paloma descendía del cielo, del cielo donde estaría Miguel ganándole a San Francisco por 6-0, contento y feliz, y oliendo a retama bendita, del cielo azul de Sevilla que ensombrece los velazqueños; del cielo al que subió Miguel una tarde de Corpus cogido de la mano por la Virgen de San Julián, dejando a sus padres solos y desamparados. Y entonces lo vio. Rubio, espigado y sonriente como un querubín.

- Papá, era verdad lo de la película que vimos el otro día, la de “Gladiador”, y que todo lo que hacemos en la tierra tiene su eco en la eternidad, porque ¿sabes qué?, le marqué 3 goles a San Francisco y ganamos 6-0, allá arriba, ¿sabes?, jugando en un campo de nubes que han puesto nuevo, a mano derecha según se entra al cielo. Me tengo que ir, lo siento, pero dile a mamá que la echo mucho de menos. Te quiero, papá, arriba os espero, y no lloréis por mí, que estoy muy bien, de verdad. Papá, ¿sabes qué?, que te quiero mucho. Mucho, mucho te quiero.

Y tras decir ésto, besó a su padre de esa forma en que sólo Miguel sabía hacerlo, estampando sus labios con fuerza, más que posándolos, en su mejilla recién afeitada, de forma que no tuvo más remedio que cerrar los ojos, que le empezaban a llover de lágrimas, mientras extendía sus brazos para abrazarlo, pero sólo encontró aire; aire cálido y dulce de junio sevillano, pero aire.
Abrió los ojos, lloviéndoles de llanto, y miró de nuevo hacia donde había visto a su hijo, pero ya no estaba. En su lugar un grupo de vencejos volaban hacia el cielo y pensó si Miguel no era uno de ellos, hasta que sus ojos, eclipsados por las lágrimas, ya no lograron verlos. Salió corriendo a buscar a su esposa y le contó lo ocurrido. Ella lloró con lágrimas de madre, lágrimas negras de dolor sin sentido y luego le dijo que, de haber un cielo para Miguel, sería como él lo había descrito: con campos de nubes para jugar a fútbol de ataque, a fútbol ganador. Así era Miguel, y de seguro que algunas tardes vestía su jubón rojo o celeste de seise y danzaba delante de la Reina y Madre con su sombrero de plumas entre una multitud de serafines, tronos y potestades que contemplarían desde arriba lo que Sevilla hace aquí abajo para recordaros que, mejor tarde que temprano, algún día estaremos en ese coro con cientos de Miguel ataviados con vaquerillo y calzón y hablando de tú a tú con la Retama Bendita del barrio de San Julián.

Rafael Navarrete Bohórquez
Mañana del Corpus Christi de 2001







BIBLIOGRAFÍA

Fiesta grande. El Corpus Christi en la Historia de Sevilla” Vicente Lleo Cañal Biblioteca de Temas Sevillanos.
Servicio de Publicaciones del Ayuntamiento de Sevilla. Sevilla 1980

El seise dormido” y “El secreto de la Custodia del Corpus”, ambos en el libro de cuentos “Sevilla inventada” de Antonio Hermosilla Molina.
Biblioteca Guadalquivir.
Guadalquivir Ediciones. Sevilla 1999

Enciclopedia Encarta 1999
Voces:
Arfe
Eucaristía
Corpus Christi
Catedral de Sevilla
Iglesia Católica Apostólica y Romana
Concilio de Trento
Reforma protestante


1 Se denomina dubio, del latín dubium, duda, a toda cuestión cuestionable, dudosa, que se plantee su resolución en los Tribunales Eclesiásticos.

"... y ríase la gente"





Érase que se era, pero dicen que las viejas del lugar sabían más, y hace ya muchos, muchos años, tantos que difícil es el contarlos, que un padre con el su hijo salieron, unos dicen que de Marchena, esotros que de Nebrixa, pero a mí se me figura que fuera de la importante villa de Carmona, en dirección a la ciudad de la torre enjaezada para embarcarse rumbo a esas Indias que un almirante, por nombre don Cristóbal había descubierto no hacía muchos años.
Esquivias tenían por nombre estos castellanos del mediodía, y esquivos decían sus paisanos y amigos que eran, pero no por su capricho, sino por su triste vida, que como habréis de ir viendo, tantas pesadumbres les daban.
Nuño, que tal era el nombre del padre, e Iñigo, que así respondía el rapazuelo, eran pobres de solemnidad, del mucho frío en invierno y de la mucha hambre todo el año, y puestos en que no tenían nada que perder dieron en pensar en hacerse a la mar para arribar a esas nuevas tierras de las que se decía que ataban galgos con longanizas y que las mozas eran de pechos llenos de una leche ambrosíaca.
Tan sólo contaban con una pobre acémila a la que, de puro flaca, se le confundía el espinazo con el escaso vientre y que respondía al nombre alto, sonoro y significativo de Rocina, acémila que, pobres ilusos, esperaban cambiar por los pasajes al Nuevo Mundo.
Al poco de salir de su pueblo, fuera éste Marchena, Nebrixa o Carmona, comentó el padre a su hijo que montase en la cabalgadura para que no se cansase del tanto andar.
- Mirad padre que habrán de reírse de nosotros.
- Calla hijo, que en estando bien nosotros y en estando bien con Dios poco habrán de importarnos las habladurías de la gente.
Más pronto cayó Nuño en su ignorancia de las maledicencias ajenas ya que, en llegando al camino real, unos campesinos empezaron a increpar al chiquillo con estas y otras razones:
- ¡Serás desvergonzado!. Pues bien cómodo que vas en lo alto de la mula mientras tu padre se afana en hacer el camino.
Por no oírlos decidió el padre que montaría él la acémila y proseguiría Iñigo el camino a pie, pero no por ello les fue mejor, ya que a las pocas leguas de seguir su andadura se encontraron con un carro que venía en sentido contrario acompañado de varios labriegos que andaban a su lado.
- ¡Será hideputa!. Pues bien montado que va el viejo en la caballería, así que va el niño andando al lado.
Vuelta a empezar, y hace Nuño que Iñigo monte con él. Más no con ello contentan a varias pastoras que apacientan sus ganados al borde del camino.
- ¡Así os castigue Dios en el cielo!. Que vais destrozando al pobre animal con el peso de los dos en lo alto.
Desmontan ambos y prosiguen el largo camino a pie, pero divisándose ya en lontananza la hermosa Sevilla unos aduaneros les increpan y gritan de aquesta manera:
- ¡Necios, cretinos!. Que vais caminando lo que podríais hacer en la cabalgadura.
Y de forma tan censurada, padre e hijo llegaron a la Babilonia de aquellos tiempos, a la sin par ciudad amurallada y hermoseada por la más alta torre que vieron los siglos, herencia de moros y recreación de cristianos, y quedaron asombrados de la gran cantidad de súbditos del emperador que atiborraban sus estrechas y malolientes calles. Híspalis, Ixbilia, Serva la Bari... que por todos ellos nombres es conocida, pero que en el orbe entero es temida y respetada como Sevilla, lonja y puerto de Indias, a donde llegan diariamente los mayores tesoros y riquezas que imperio alguno haya podido arrancar; mas pesadumbre es que tal como llegan vanse para los banqueros de Italia, a Venecia, a Florencia, a Rávena, para pagar las sangrías de dinero que nuestro señor don Carlos les ha pedido para guerrear contra el hugonote y los rebeldes flamencos allá por la Europa.
Iñigo, con su tierna edad, se asombra de lo aguerrido de los hombres y de los potentes pechos de las mujeres que, sin rubor alguno, muestran al inclinarse para limpiar las mesas de las ventas en las que conviven hombres y monturas mientras atienden sus negocios en la sin par Sevilla. En una de estas ventas, en el marinero barrio del Arenal, era donde habían entrado el padre y el hijo a gastar algo de los pocos cuartos que encima llevaban en un poco de comer y en un parvo beber. Una jarra de vino aloque y un pan de telera fue lo que se les sirvió para reponer fuerzas. Atacó de buena gana Iñigo al receptáculo eucarístico y sirvióse Nuño un buen vaso de sangre de Nuestro Señor cuando empezaron a llover las críticas.
- Mira el gañán, como bebe del buen vino mientras deja que su hijo tome un pedazo de pan seco que poca sangre ha de darle.
Padre e hijo se miraron sin comprender nada. Optaron pues por cambiar sus papeles, para no ofender a sus vecinos de posada, y de esta manera, fue el padre quien probó el pan y el hijo quien bebió vino, más vanas fueron sus esperanzas de que callaran ahora las diatribas contra su conducta, sino que bien al contrario, arreciaron como aguacero de otoño.
- Así se te pudra en el gaznate, que tomas lo que es de tu padre y niégasle el amor de un buen hijo, pues es de justicia que sea el mayor quien con el vino se regale.
Salieron a la calle bastante corridos, con un mohín de aturdimiento en sus continentes, y se dirigieron al puerto por ver si encontraban alguna carabela, galeón o galera que a Indias los llevase, y a fuer de ser sincero debo decir que pronto encontraron una en la que tuvieron aposamiento. La “Nuestra Señora del Mar” era un galeón de bastante calado que precisaba hombros fuertes y manos diestras, y con compromiso de comida y cama en los tres o cuatro meses que durara la travesía, amén de promesas sobre un futuro dorado en las tierras de lo que ya empezaba a llamarse América, allá que se fueron Nuño e Iñigo, a ver lo que Dios y Fortuna les deparaban.
Al día siguiente de dejar la vista de la Torre del Oro llegaron a Bonanza y enfilaron la mar. Nuño, que asomado a la borda iba con su hijo, sintió como se le humedecían los ojos y habló de esta forma a Iñigo:
- Mira esta tierra, Iñigo, que la nuestra es. Siente su olor, su cielo, sus árboles, porque puede que no vuelvas jamás a ella.
No fue mal la cosa hasta dejar la lejana isla de la Gomera, si no fuera porque los marineros hacían burla de ellos por las nimiedades más simples. Si Iñigo subía a los palos, comentaban la poca caridad del padre con su pequeño, y si era Nuño el que trepaba, pues criticaban el poco cuidado que manifestaba a su progenitor. Al llegar la hora de la comida, que tan sólo de galletas y agua era llenada, se repetían los comentarios ya oídos en la venta del Arenal, y tan escaso yantar convertíase además en fuente de desosiego para ambos. Y que decir del descanso, en que tanto si el padre usaba la hamaca de arriba era execrado como si la de abajo usaba.
Pero Dios aprieta, aunque no ahoga, y por éso navegando en medio de la mar Atlántica, comenzó a soplar un viento que dio en llevarse a los mil demonios que por allí anduvieran, y que luego tornara huracán y fuese el galeón a pique en un abrir y cerrar de ojos, que toda obra humana es contingente frente a la de Dios, que necesaria es, y trocó en desesperación lo que en un principio había sido tan sólo temor, y es que Nuño e Iñigo se vieron en una noche sin luna asidos a un madero cubiertos de agua océana sus cuerpos y empapadas de lluvia de los cielos sus cabezas. Así estuvieron varias horas, en las que ya se daban por perdidos, cuando observaron frente a ellos una inmensa mole blanca que hendía las olas y que se les aproximaba. Pocas varas castellanas les separaba ya de ella cuando vieron unas enormes fauces que, en menos de lo que tarda el gallo en cantar, les engulló y hasta el madero pasó a las entrañas de aquella bestia marina de la que enseguida comprendieron que no era otra que el leviatán, el mismo que tragara a Jonás en el Antiguo Testamento.
Como si fuese un torbellino llegaron pronto al estómago de la bestia, donde encontraron un compañero de infortunio. Lázaro, pues ese era su nombre, les contó que llevaba siete días con sus noches en el interior de la ballena y les dijo que podían alimentarse del pescado que tragaba y beber del agua que tenía en su interior. Así lo hicieron Nuño y su hijo, sentándose el chiquillo en un reborde que había en el vientre del animal, pero ver ésto y ponerse a criticar fue todo uno.
- ¿Será posible? ¿No habrás de dejar ese sitio para tu padre, que al ser mayor que tú, estará más cansado?.
Las críticas de Lázaro no cejaron en los tres días que duró la estadía de Nuño e Iñigo dentro del leviatán, pero Dios es misericordioso y quiso que éste enfermara de una apoplejía y muriera en pocas horas. Aquella muerte, aunque fuera alivio por no tener que soportar las censuras del pobre Lázaro, sumió a padre e hijo en una profunda congoja, ya que temían verse condenados a esa o pareja postrimería. Más no entraba en el plan divino el que allí acabasen sus días nuestros vecinos de Marchena, o de Nebrixa, aunque para mí tengo que eran de Carmona, y al tercer día de estar encerrados, como Nuestro Señor Jesucristo en su sepulcro, el leviatán los expulsó por su nariz, que en estas enormes alimañas se encuentra en el lomo, cercana a la cabeza, y por la que sueltan un chorro de agua que, dicen la gente de la mar, es admirable de ver.
Nuño e Iñigo se encontraron de nuevo en la mar, pero a pleno sol, y muy cerca de la costa, a la que llegaron nadando. Jamás habían visto tierras como aquellas, tan claras sus arenas, llenas de una vegetación exuberante, con flores del tamaño de sandías. Probaron algunos de sus frutos y les parecieron deliciosos. Después de saciar sus hambres cayeron agotados en la cálida arena, y allá quedaron dormidos y relajados después de calmar sus vientres con tanta ambrosía de los dioses.
Fuera Iñigo el primero en despertar y el primero en verlos, y sintió un escalofrío recorrer su espinazo.
- Padre, padre. Despierte, y vea ésto.
Despertó Nuño al llamado de su hijo y vio la playa llena de indios pintarrajeados y con una desnudez tal que al buen Dios ofender debían. No menos de doscientos debía haber, y las pinturas que en sus rostros y pechos lucían eran de los colores más violentos posibles. Así y todo, a Nuño le parecieron amigables y así se lo hizo saber a su hijo.
- Hijo, no temas, que no parecen levantiscos.
Algunos de entre los indios no reían, sino que señalaban a Nuño con el dedo y hacían gestos de reprobación, hasta que uno de éstos se le acercó y en un perfecto castellano le dijo:
- Vergüenza debía darte no haber llevado a tu hijo a la sombra para que allí descansara mejor.
La maldición de los Esquivias los había acompañado hasta tierras americanas, y al igual que en España, en el viaje y en el interior del leviatán hicieran lo que hicieran estaban condenados a ser censurados por todos aquellos que los observaran. Más parecíales que aquellos indios les miraban con respeto, casi diríase que con adoración. Y a los pocos días de haber llegado a aquellas tierras los llevaron al interior de unas grutas escondidas entre el follaje y en donde vieron los más maravillosos tesoros que nunca podían haber imaginado. Oro, plata, piedras preciosas de diversos tamaños. Los Esquivias se admiraron y regocijaron con ello, pero no alcanzaban a entender el porqué se las enseñaban, hasta que de esta manera les habló el cacique.
- Éstas son, castellanos, nuestras riquezas. Estaban destinadas para aquellos que nuestros dioses nos mandaran cruzando el agua grande. Haced con ellas lo que mejor os parezca, pues son vuestras. Para nosotros se tratan de metales y cuentas de colores sin el menor valor, ya que cuando queramos más tan sólo hemos de cogerlas de esta tierra donde tanto abundan y que los dioses nos otorgaron.
Padre e hijo se maravillaban y holgaban con el valor que aquellas alhajas podían tener en las Españas, y en la vida tan regalada que podían alcanzar con ellas, pero ¡Ay!, rodeados como estaban de tesoros, que ni el emperador Carlos podía poseer, cayeron en la cuenta de que nunca saldrían de aquellas lejanísimas tierras y comenzaron a llorar y a lamentarse con jeremíacas frases.
- ¡Ay de mí! Con oros y gemas por doquier me hallo y no sírvenme de nada, porque nunca regresaré a mi Sevilla, a ver otra vez el río desde el barrio del Arenal, a ver mi torre enjaezada ni llegareme a mi villa a decir: “Mirad vecinos, que aquí esta Nuño Esquivias, pobre de solemnidad otrora y lleno de riquezas por decisión del Altísimo, a quien todo le debemos. ¡Ay de mí!.
- No os preocupéis, padre. Si así ha de ser, pues sea, que sólo somos criaturas del Señor, y Él sabrá lo que nos conviene.
- Pero porqué lloráis como mujeres si tan sólo estamos a cuatro jornadas de vuestros camaradas. Cargad con las piedras que queráis, que varios de mis guerreros os llevarán al puerto donde salen vuestras naves a la tierra de los dioses, de donde venís.
Al oír aquellas palabras lo que fueron llantos trocaron en risas, los golpes al suelo en saltos hacia los cielos, y Nuño e Ínigo se sintieron los más felices hombres que nunca hubieran pisado la tierra. Hicieron tal y como les había dicho el cacique, y en pocos días se encontraron en un fuerte español donde fueron recibidos con todos los honores debido a las riquezas que transportaban en sus alforjas las cuarenta mulas que les habían regalado los indios. A los cuarenta días de haber llegado al fuerte embarcaron en uno de los galeones que partían cargados de tesoros hacia España desde las Indias Occidentales, y llegaron al mismísimo puerto de Sevilla, a los pies de la Torre del Oro, y allí hicieron consigna de sus pertenencias, pagando la parte alícuota al rey, al buen emperador Carlos I, de quien oyeron que iba a retirarse pronto y abdicar en su hijo Felipe.
En la ciudad de la torre enjaezada compraron un palacio cercano a la borceguinería, y como habían sido tantas las hambres que habían pasado a lo largo de toda su vida, lo primero que llenaron fue la despensa, de salchichones y morcillas especiadas, de quesos de todas las formas y colores, de vinillos aloques y rojos, de salpicón con su ajuelo y llamaron a un cocinero que les preparaba los platos según antojo o manía, que he de decir, a fe mía, que pasaron enteros dos meses comiendo, y a decir verdad pararon porqué llegó la cuaresma, y entonces se contentaron con guisos de bacalao, con pescados y frutos del mar frescos, con torrijas y pestiños que Iñigo y Nuño comieron de tal forma que más parecían Gargantúa y Pantagruel, de los que por aquel entonces escribía Rabelais en la Francia.
Por darles gracias a Dios Nuestro Señor, que su Hijo mandó con nosotros para redimir nuestras culpas, decidieron salir en la triste madrugada del Viernes Santo acompañando la más prestigiosa cofradía de la ciudad de Sevilla, la Hermandad de Jesús Nazareno o de las Cinco Plagas, sita en el Hospital del mismo nombre situado extramuros de la ciudad y cercano a la Puerta de la Macarena. Acompañándolos llevaron cincuenta disciplinantes cada uno que iban mortificándose con látigos y arrastrando pesadas cadenas que laceraban sus tobillos, cosas todas ellas muy del agrado de la misericordia de Dios, y a los que pagaron un escudo de oro para que, como plañideras sufrientes, no tuvieran reparos en hacer de sus penitencias una ceremonia grandiosa que sirviese de modelo y paradigma a aquella Babilonia sevillana.
Y a partir de aquí los Esquivias fueron felices y comieron perdices, y lechones cebados, y palominos y zorzales, y todo aquello que les vino en gana, que para ello no reparaban en gastos, y fueron acogidos en la corte, y nunca jamás volvieron a oír aquellas críticas a las que parecían condenados cuando eran unos donnadies, porque hay que decir que al pobre todo le está vedado mientras que al poderoso hasta sus tumores y lobanillos parecen hermosos para todo aquel que los contempla.
- Has de observar, ¡oh, Iñigo!, que antes, como éramos zócalos, los perros nos hacían sus necesidades encima pero como ahora somos luminarias nos adoran por doquier, pero solos tú y yo, y Dios Nuestro Señor que todo lo ve, sabemos que el mismo Nuño y el mismo Iñigo somos, que solo es nuestro patrimonio el que ha variado, y este percance basta y sobra para que nuestras acciones sean ahora ensalzadas y antes, hiciéramos lo que hiciéramos, fuésemos puestos en solfa por todos los que nos miraban. Guarda ésto en tu coleto, que el miramiento ajeno debes buscarlo en la mirada profunda del amigo, y no en la de aquel que sólo se fije en lo abultado de tu bolsa.
- Ya sé, padre, que aunque joven ya he vivido lo mío, y todavía recuerdo lo de la acémila al salir de nuestra villa, y las risas en la venta del Arenal, e incluso las chacotas y epigramas de aquel pobre Lázaro que nos antecedió en el vientre del leviatán. Más no os preocupéis que no confio más que en aquel que me estrecha la mano antes de conocer mis caudales o en la moza que me mira a los ojos y sonríe sin saber que es al potentado Iñigo Esquivias al que está mirando.
Quedó Nuño muy contento con las penetrantes palabras de su joven hijo, y miró pensativo al hogar en el que ardía la encina. Llevó a sus labios una copa de aquel vinillo aloque que le trajera ayer mismo el de la taberna de Alcocer y dióle su plácet. Sintiendo el calor del hogar fuera de su cuerpo y el del vino dentro de él, recordó aquel clérigo cordobés que le habían presentado a la salida de la misa del mediodía en la catedral y al que contó su historia. Un tal don Luis, sí; don Luis de Góngora y Argote, autor de unas Soledades que estaban dando mucho que hablar. Pensativo quedó el curilla tras oírlo, como si rumiara algo, y tras un rato de silencio exclamó “Ándeme yo caliente, y ríase la gente”, y sonrió de forma enigmática.
Poco podía imaginarse el Excelentísimo Señor Don Nuño Esquivias, que todos estos títulos ya poseía, que andado el tiempo el gran don Luis de Góngora escribiría inspirándose en su historia unos hermosísimos versos que hablarían por los siglos de los siglos del placentero y buen acomodo a la vida de aquel que puede y quiere, como habían hecho los Esquivias después de padecer mil y una calamidades. Un servidor, modesto cuentacuentos, no me resigno a dejar de transcribirlos, para que se maravillen de las cimas a la que puede llegar la poesía castellana. No los lean, por favor, saboréenlos, que son como licor con abolengo que deleitan al oído y al alma. En voz alta, os ruego:

Traten otros del gobierno

Del mundo y sus monarquías,

Mientras gobiernan mis días

Mantequillas y pan tierno;

Y las mañanas de invierno

Naranjadas y aguardiente,

Cuando cubra las montañas

Y ríase la gente

Coma en dorada vajilla

El Príncipe mil cuidados

Como píldoras dorados,

Que yo en mi pobre mesilla

Quiero más una morcilla

Que en el asador reviente,

Y ríase la gente

Cuando cubra las montañas

De blanca nieve el enero

Tenga yo lleno el brasero

De bellotas y castañas,

Y que las dulces patrañas

Del Rey que rabió me cuenten,

Cuando cubra las montañas

Y ríase la gente

Pasaron aún más años y otra dinastía reinó en las Españas, y llegó la guerra con el francés, y otra sangrienta guerra asoló los campos y los páramos de España, y llegaron mejores años y estos que fueron Esquivias en Esquivel tornaron, más debo dejar esta historia para otra mejor ocasión, que al tal Esquivel historias pasaron que narrarlas largo es.
Una última cosa deciros debo, y es que siempre tuve bien presente la conseja del mejor escritor que haya dado nuestra tierra, quien en su novela ejemplar sobre el coloquio de los perros dijo tal que así: “... los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos; otros, en el modo de contarlos; quiero decir que algunos hay que aunque se cuenten sin preámbulos y ornamentos de palabras, dan contento; otros hay que es menester vestirlos de palabras, y con demostraciones del rostro y de las manos y con mudar la voz se hacen algo de nonada, y de flojos y desmayados se vuelven agudos y gustosos...”. El gran don Miguel siempre fue acertado en sus opiniones, y en tratándose de letras hay que oírle siempre; así pues, intenté ornar mis cuentos de tal forma que volviéranse agudos y gustosos para vuestro solaz, que es el mío.
Así que, nada más digo y callo ya para siempre, que habéis de saber que la esencia de toda lectura cómoda en el silencio consiste, y en dejar que las letras de molde fragüen en nuestro juicio aventuras y consejas que grandes parabienes dejen. A más que, una vez que estos mis cuentos penetraron en los plomos de la imprenta, dejaron ya de ser sólo míos para pertenecer también al caballero o la dama que, dándoles atenta lectura, oigan mis voces en su cabeza contándoles las historias que imaginara yo un lejano día, por mor de esa preciosa arte que poseemos los humanos y a la que damos por nombre Literatura


En la ciudad de la torre enjaezada,
a nueve de marzo de dos mil y un años


Como transcriptor figure:

Rafael Navarrete Bohórquez


sábado, 2 de marzo de 2013

“FAQs”


1.- ¿Porqué un 38 Smith&Wesson special?

El culpable es Rubén Blades.
En su canción “Pedro Navaja”, dice:

Mientras camina, del viejo abrigo saca un revolver esa mujer,
iba guardarlo en su cartera pa' que no estorbe;
un 38 Smith and Wesson del especial
que carga encima pa' que la libre de todo mal.”

Cuando decidí comprarme una pistola la canción de Blades siempre estuvo en mi mente. No podía ser otra, tenía que ser un 38 Smith&gWesson special.
Esta es la razón de que posea esta pistola.
No podía ser otra.


2.- ¿Porqué me cita el argentino en la Pública?

Nunca lo supe. Lo lógico hubiera sido que me citase directamente en el Laboratorio de Arte.
Supongo que lo que pretendía era comprobar si le seguían.
Jamás tuve oportunidad de preguntárselo.
A pesar de su promesa de llamarme, nunca volví a saber nada de él.

2.- ¿Cómo se apoderó el argentino del manuscrito?

No tengo ni la menor idea, pero pasados los años sospeché que Recordón era un agente de información de la C.I.A., lo que obviamente le facilitó el apoderarse del Lindsay.
Desde el momento en que apareció en el EME estuvo rodeado de una aureola de misterio.

3.- Porqué me escogió?

Tampoco tengo respuesta para esta pregunta. Supongo que su objetivo era contactar con una persona normal, pasarle la información sobre el Lindsay dejar que fuese ella quien lo publicitara.
Creo que, en mi caso, le salió redonda la jugada, dada mi gran afición por Internet, las redes sociales, el correo electrónico y todos aquellos medios que te pone la Red en su mano para transmitir información.
Ignoro si contactó con otras personas.

4.- ¿Dónde se encuentra ahora el Lindsay?

A esta pregunta si puedo responder. Según me dijo Recordón por correo desde una dirección desconocida, el Lindsay se halla custodiado actualmente por la Universidad Católica Argentina (UCA) en una cámara acorazada del Banco Central de la República Argentina.
En 1992, el gobierno argentino envió dos agentes de inteligencia como agregados al consulado argentino de Sevilla como comisarios culturales del pabellón de Argentina en la Expo.
Una vez acabada ésta, los dos agentes fueron destinados a la embajada en Madrid.
¿Su misión? Apoderarse del Lindsay, que en esos momentos se encontraba en la caja número 666 del Banco de España.
No sé cómo lo hicieron, pero lograron entrar en la cámara, forzar la caja y hacerse con el manuscrito.

5.- ¿Qué interés tenía Argentina en hacerse con el Lindsay?

El mismo que Francia, Inglaterra, España o cualquier otro país del orbe cristiano.
También el mundo musulmán hubiese deseado poseerlo: Egipto, Marruecos, Túnez, Arabia Saudí..., pero quien más ansiaba poseerlo era Israel. El Mosad intentó apoderarse de él en varias ocasiones, tanto en París, como en Madrid o Buenos Aires.
No lo lograron.

6.- ¿Quién es Marina?

Una chica preciosa de 25 años ajena a toda esta historia.




“¿Cómo tuve conocimiento del manuscrito Lindsay?



Hay que remontarse al pasado año.
Una fría tarde de enero nos habían citado a un grupo de amigos para visitar la Biblioteca Colombina. La mujer que nos recibió era atentísima, joven, con un tipazo, gafitas y muy guapa. Vamos, como la dependienta de la librería de “The big sleep” que atiende, comiéndoselo con los ojos al Bogart. Yo, recordando la película, intenté por todos los medios a mi alcance que la chica, que se llamaba, cómo no, Paloma, me comiese de igual modo, pero lo único que me comí fue un mojón.
En fin, nos explicó todo lo relacionado con la biblioteca y su fundador, Hernando Colón, y nos permitió ojear algunos de los libros de su fondo, como por ejemplo, la “Aritmética de Diofanto” en la edición de Bachet de 1670, con las anotaciones al margen de Pierre de Fermat.
Al salir a la calle fuimos a la terraza del EME y estuvimos hablando sobre lo visto.
En una mesa cercana a la nuestra estaba sentado, solo, un tipo trajeado, cincuentón, con pelo y barba canos y cómo pudimos averiguar al hablar con el camarero, argentino.
Estábamos hablando sobre Fermat cuando, muy educadamente, nos pidió permiso para intervenir en nuestra conversación y dijo esta enigmática frase:
  • El señor Fermat a punto estuvo de buscar a Selene.

    Se levantó y se fue tras despedirse y besar las manos de las mujeres. Argentino.
*         *          *

Pocos días después me lo encontré en los veladores del Europa en la Plaza del Pan. Nos saludamos y tras unas frases de cortesía le espeté:
  • ¿Porqué dijo el otro día que Fermat estuvo a punto de buscar a Selene? ¿Qué es Selene?
  • Verá, mi amigo; le explico con sumo gusto. Se suponía en el siglo XVII que había un planeta entre las órbitas de Marte y Júpiter al que los astrónomos llamaban Selene. Fermat, tan aficionado a las matemáticas, hizo sus pinitos con la astronomía y durante un tiempo, muy corto, eso sí, intentó localizar el misterioso planeta, pero poco le duró la afición, ya que no le entusiasmaban, precisamente, las mediciones angulares y el frío que debía que pasar en las largas veladas nocturnas para realizarlas1. Así que siguió enfrascado con la teoría de números, de la que es el padre.
Cambiando el tercio le pregunté:
  • ¿Así que es usted especialista en la historia de los orígenes del cristianismo y teólogo? Son dos temas apasionantes.
  • Sí; al menos, a mí me lo parecen, y llenos de continuas sorpresas. Por ejemplo, ¿qué opina usted sobre la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo?
  • Pues supongo que lo que todo el mundo en el orbe cristiano. Jesús sufrió tortura, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día resucitó de entre los muertos y está sentado a la diestra de Dios Padre.
  • Ya. ¿Y si le dijera que poseo un documento , con todas las trazas de ser auténtico, en el que su Madre, los Apóstoles, las Santas Mujeres, José de Arimatea y Nicodemo afirman que Jesús no murió en la Cruz, que estaba inconsciente cuando lo bajaron de ella, que sanaron sus heridas y vivió varios años más aún hasta su muerte como hombre?
  • Pero será una falsificación, ¿no?
  • No lo creo. Esto totalmente convencido de que el documento es auténtico.
  • ¿Está convencido de ello?
  • Absolutamente; es más, puedo enseñárselo. Bueno, no el manuscrito original, pero sí fotos de él. Las llevo en mi tableta. Véalas.
El argentino me mostró varias fotos de un trozo de pergamino escrito en arameo, e hizo hincapié en las marcas que figuraban al final del mismo: María, los Apóstoles, las Santas Mujeres, María de Magdala, María Salomé, María de Cleofás y María, la hermana de Marta y Lázaro, los mejores amigos de Jesús, así como Nicodemo y José de Arimatea. Las diecinueve personas más allegadas a Jesús en el momento de su crucifixión. Pero el manuscrito que me mostraba, según me dijo, negaba este hecho y afirmaba que el Nazareno fue sanado de sus heridas, que marchó con María Magdalena a Egipto y que murió veinte años después.
  • ¿Dónde consiguió este documento?
  • No, eso es una larguísima historia. Quizás pueda contársela en otra ocasión. Deme su número de móvil y le citaré para mostrárselo.
Así lo hice.


*         *         *


Al poco de entrar en Cuaresma recibí una llamada del argentino.
  • Rafael, si sigue interesado en el manuscrito podríamos vernos esta tarde a las seis en la Biblioteca Pública.
  • ¿La Infanta Elena?
  • Así es. ¿Tiene un arma?
  • ¿Porqué?
  • Porque todo lo que rodea esta historia es muy peligroso. ¿Tiene un arma?
  • Sí; un 38 Smith&Wesson del especial.
  • Llévela.
* * *

Llegué a la Pública a las cinco y media. Me serví un café y me lo tomé en la puerta. Encendí un cigarrillo y palpé la pistola en mi pantalón. No sé porqué hice
ese gesto. Tal vez quería sentirme seguro.
¿Porqué había que tomar esas medidas ante la visión del misterioso manuscrito del misterioso argentino? No lo sabía; no podía saberlo, pero las instrucciones del argentino eran tajantes.
En la puerta de la Pública me encontré a Marina, una chica a la que había conocido unos días antes, estudiante de Filología Clásica, buena como pan de San Buenaventura. Le di un par de besos y le comenté que me había citado con un señor y que podíamos vernos luego.
- Muy bien. Entro a estudiar y cuando acabes me buscas. Estaré en la primera planta, cerca de la escalera.
Le dije que de acuerdo y la besé a modo de despedida.
Era curioso. Mientras a mi alrededor la vida seguía bullendo, yo me encontraba en la Pública, armado con una pistola y esperando un argentino que decía poseer una bomba en forma de manuscrito.

Llegó Miguel con una gran bolsa de El Corte Inglés, nos saludamos y me dijo que podíamos ir al Chile a tomar algo y hablar sobre el tema que me traía en ascuas.
Nos sentamos en una mesa apartada y pedimos dos cafés.
  • Mire, ¿sabe lo qué es? - y me mostró el interior de la bolsa.
  • Sí; es una filacteria orlada. Supongo que en su interior se halla el manuscrito.
  • Así es. Vamos a ir al Laboratorio de Arte de la Facultad de Historia y allí podrá verlo.
  • ¿Podré fotocopiarlo?
  • No; la potente luz de la fotocopia podría dañarlo. Tan sólo podrá verlo y tomar notas. Supongo que no sabe arameo.
  • Elí, Elí, lama sabactani; es decir, Deus meus Deus meus ut quid dereliquisti me.
  • Muy bien, ¿y aparte de eso?
  • Ni una palabra más. ¿El manuscrito tiene traducción a otras lenguas? No sé, ¿griego o latín?
  • No; sólo arameo; la lengua del Nazareno y sus discípulos.
Dicho esto pagamos y nos dirigimos al Laboratorio de Arte.
  • Tenga; es mi traducción del manuscrito.
El argentino, me hizo entrega de su traducción y de la filacteria. La abrí y dentro de ella apareció un trozo de pergamino muy deteriorado. Recordón me hizo observar las firmas y marcas de las diecinueve personas que habían curado a Jesús de las múltiples heridas sufridas durante su Pasión. Las identificó y tuve que creer en su palabra.
Salimos del Laboratorio de Arte sobre las siete de la tarde, ya atardeciendo.
  • Rafael; ahora es usted depositario de una información muy valiosa y muy peligrosa. Por eso le dije que viniese armado. Sea muy cauto. Observe si le siguen. Le aconsejo que vuelva a la Pública y, con sigilo, vea si hay alguien detrás suya. En el caso de que así sea, no lo dude; si tiene que hacer uso de su arma, hágalo, ya que si no será hombre muerto. Y nada más. Si quiere ponerse en contacto conmigo, espere mi llamada. Descuide que la haré.

Nos despedimos y volví a la Pública. Disimuladamente, de vez en cuando, miraba a mis espaldas. No parecía seguirme nadie. Al llegar al Casino lo rodeé por la derecha, camino totalmente solitario para llegar a la Pública. Nadie me seguía, o si lo hacían no daba con ellos.
Entré en la biblioteca y busqué a Marina, que estaba enfrascada con el estudio, precisamente, del arameo.
  • ¿Estudias arameo?
  • Sí.
  • Vaya.
  • ¿Vaya qué?
  • Nada; cosas mías.
  • ¿Nos vamos?
  • Sí, si has acabado.
  • Hace ya tiempo. Te estaba esperando.

Salimos a la calle con un frío de mil pares de demonios. La rodeé por el talle y me besó.

  • Hoy estás guapo. Siempre estás guapo. Eres guapo.
  • Te quiero.




























1Desde la época de Kepler circulaban conjeturas acerca de la existencia de un planeta perdido dentro del sistema solar. En el siglo XVIII, las teorías matemáticas de Titius que establecían una proporción numérica entre las distancias que separan a los distintos planetas del Sol, difundidas por Bode en 1772, dieron aún más ímpetu a la búsqueda de dicho planeta.
En 1781, Willian Herschel descubrió un nuevo astro en los confines del Sistema Solar. El planeta “Georgiano”, como se le llamó hasta 1850, cuando se convirtió oficialmente en Urano, encajaba casi exactamente dentro de la secuencia numérica de Titius. Un grupo internacional de astrónomos conocido como la “Policía Celestial” se dedicó con renovado interés a buscar el otro planeta que debía ocupar el irresistible espacio vacío entre Marte y Júpiter., pero no fue hasta 1801 cuando un monje italiano llamado Pazzi descubrió Ceres, y constató que su órbita coincidía con las predicciones de Titius.
Para desilusión de muchos, Ceres resultó ser demasiado pequeño en relación con los demás planetas; muy pronto se descubrieron otros cuerpos celestes similares que giraban en el espacio vacío entre Marte y Júpiter. Herschel les dio el nombre de asteroides, o planetas menores. Se pensaba que los asteroides eran fragmentos de un planeta más grande desaparecido tiempo atrás. La célebre predicción de Titius que situaba un planeta perdido entre Marte y Júpiter, Selene, parecía ser verdad.
Sin embargo, el descubrimiento de Neptuno y de Plutón supuso otro duro golpe para la ley de Titius y Bode, porque sus órbitas no encajaban dentro de la secuencia. La relación existente entre los demás planetas, que se ciñe a dicha ley con tanta precisión podría ser, simplemente, una coincidencia. Hasta el día de hoy, el debate correspondiente no ha dejado de fascinar a los interesados en la historia de la astronomía.